Se despide el campeón: un thriller y una confesión

Por Eva Matarazzo

La obra de Fernando Zabala, Se despide el campeón, sitúa en el centro a Lopecito, un entrenador de boxeo en decadencia que se dispone a acompañar al Bicho González —mítico boxeador amateur de Las Varillas— en su despedida definitiva en el viejo Club Sportivo Almafuerte. Antes de ese último acto, irrumpe una confesión inevitable. El relato se adentra en un triángulo amoroso y se despliega como un drama pasional en un submundo marcado por la crisis de identidad, donde lo velado se transforma en el veneno del prejuicio social.

El espectáculo se presentó recientemente en el Teatro Ítaca de la ciudad de Buenos Aires, luego de una gira por el interior del país, bajo la dirección de Ezequiel Restaine y con la interpretación de Rubén “Cholo” Medina en un unipersonal de gran intensidad. Cabe destacar que anteriormente la obra también tuvo otra puesta en escena dirigida por Mariano Dossena, lo que confirma la riqueza y la versatilidad de un texto que sigue encontrando nuevas formas de interpelar al público.

La dramaturgia se organiza en una estructura clásica de tres actos, pero la intriga se despliega de manera fragmentaria, a través de confesiones y silencios que revelan la imposibilidad de hablar y de ser escuchado. Cada acontecimiento funciona como un nuevo round en la batalla íntima del protagonista. Lopecito se convierte en una figura compleja: un personaje barrial que, lejos de ser un estereotipo, despliega una paleta de matices emocionales que lo vuelven profundamente humano. La escenografía hiperrealista refuerza el carácter cotidiano y sitúa al espectador en un espacio reconocible, doméstico, donde la precariedad de la casa se convierte en escenario de la confesión. En ese marco, el recurso de hablarle al retrato de su padre adquiere una dimensión simbólica decisiva: es a través de esa imagen que Lopecito se dirige al público, transformando el relato íntimo en acto teatral. La mediación del retrato paterno subraya la soledad del personaje y la imposibilidad de comunicar directamente con los otros, convirtiéndose en espejo de lo que no puede ser nombrado públicamente y del mandato social que lo aprisiona.

La dirección de Ezequiel Restaine, centrada en el trabajo del actor, intensifica la puesta y logra un delicado equilibrio entre momentos de humor y tensión dramática. De esta manera, la corporalidad y la voz del actor sostienen la convivencia entre lo popular y lo confesional, logrando conmover al espectador y generando empatía con el personaje. La actuación de Rubén “Cholo” Medina constituye el núcleo de la propuesta. Su interpretación resulta potente y arriesgada, capaz de transitar desde el tono costumbrista inicial hacia un registro visceral y melancólico, donde la violencia contenida y el desahogo íntimo se entrelazan.

Zabala define su obra como un “thriller pasional”. El autor explica el germen de la obra: “En la mayoría de las obras, escribimos por asociación. Este caso no fue la excepción. Se despide el campeón nació con una noticia insólita que venía de Puerto Rico. Velaban a un boxeador embalsamado. Los familiares se sacaban fotos con él; lo habían vestido con short, guantes, bata, y con todos los chirimbolos del mundillo del box. Quedé helado. Luego, por esas cosas del destino, me reencontré con Fragmento de un discurso amoroso de Roland Barthes, donde el autor habla del amor embalsamado en las distintas etapas del enamoramiento. Fue así como el cruce de ambos universos, tan inefables como antagónicos, emergieron por dentro de mí. De allí que sobrevino ineludiblemente la metáfora pasional como poética y, por ende, su triangulación amorosa como tragedia”. Este cruce entre lo grotesco y lo poético, entre el cuerpo embalsamado y el amor detenido en el tiempo, ilumina la obra desde su raíz.

El boxeo se presenta también como un ritual de dolor y disciplina, convertido en emblema de la masculinidad y de su mandato de control sobre el cuerpo. Bajo esa lógica, el sufrimiento presente se transforma en promesa de triunfo futuro. En Se despide el campeón, esa voluntad de control se expone como una prisión: el dolor, la incomunicación y la represión social se entrelazan en un relato que desnuda lo que permanece oculto, aquello que no puede ser nombrado pero que late con fuerza en cada gesto del protagonista. Lopecito no solo encarna la derrota personal de un hombre venido a menos, sino también la tragedia colectiva de un mundo que reprime lo que se aparta de la norma. Su confesión, tóxica y melancólica, es el golpe final: un recordatorio de que detrás de cada máscara impuesta late un cuerpo que resiste, un dolor que se transforma y una voz que, aunque sofocada, insiste en hacerse oír.

Ficha técnica/artística:

DRAMATURGIA: FERNANDO ZABALA

Actuación: Rubén Medina

Dirección: Ezequiel Restaine.

Asistencia de dirección: Claudia Labrada.

Arte, realización escénica y música original: Matías Herrera.

Vestuario: Elisa García.

Planta de luces: Nerina Linares.

Fotografía: Federico Raposo.

Diseño en comunicación visual: Laura Schneider.

Colaboraciones: Silvina Colangelo, Nicolás Valinotti , Sebastián Gazo.

Agradecimientos: Marta Zeta, Belena Kranzelic, Mecha Carrizo, El Hornero.

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