Arbolitos: La metáfora de un país quebrado

Por Eva Matarazzo

En Arbolitos (dantesco dolor blue), escrita y dirigida por Mariano Saba, la escena se despliega como una fábula tragicómica que subvierte el código realista para operar desde una lógica simbólica. El mito dantesco y la economía argentina convergen en una arquitectura alegórica que dramatiza las tensiones entre circulación, castigo y representación. No se trata de una cita ilustrativa, sino de una reconfiguración poética: el infierno de Dante se reencarna en el presente económico argentino, donde el dinero no redime, sino que condena.

La figura del “arbolito” —ese cambista informal que habita las esquinas del microcentro porteño— condensa una economía paralela, una lógica de supervivencia y una teatralidad cotidiana. Saba lo convierte en eje de su fábula: síntoma y agente de la crisis, el arbolito señala la fractura entre lo legal y lo informal, entre lo visible y lo encubierto, entre la promesa de estabilidad y la práctica del rebusque.

En un espacio escénico de temporalidad indeterminada y atmósfera onírica, el universo de los arbolitos se transforma en dispositivo dramatúrgico que condensa ambición, precariedad y deseo. Esta figura se entrelaza con el Canto XIII del Infierno, donde las almas que dilapidaron sus bienes se convierten en árboles sufrientes. Pero la imagen no se enuncia, se encarna: Ibáñez (Gustavo Sacconi), discípulo de Ronnie (Pablo Navarro), es metamorfoseado en árbol de dinero, dramatizando la conversión del cuerpo en mercancía y del deseo en condena.

A la vera de un camino costero, un bosquecito gime con el viento. Pero no es paisaje: es campo de fuerzas. La bruma no oculta, intensifica. El dinero no circula: coloniza. Y los cuerpos, atrapados en la espera, se vuelven signos de una economía que ya no necesita billetes para operar, sino subjetividades disponibles, listas para ser cosechadas.

En el Infierno, el Canto XIII está dedicado al segundo círculo del séptimo recinto, donde habitan los suicidas y los derrochadores. Dante imagina que estas almas, por haber violentado su cuerpo o su fortuna, ya no merecen forma humana: están atrapadas en árboles retorcidos, sangrantes, que solo pueden hablar cuando se les rompe una rama. Saba retoma esta imagen para pensar la economía argentina no como ciclo histórico, sino como condena mitológica.

Ibáñez se convierte en árbol de dinero: no por magia, sino por deseo. Su ambición lo transforma en mercancía. Pero el milagro es perverso: los brotes verdes que emergen de su cuerpo no anuncian prosperidad, sino explotación. Ronnie lo cosecha, lo exprime, lo seca. La escena no representa una transacción: dramatiza una lógica de consumo que excede lo económico y se inscribe en lo ontológico. El cuerpo ya no es sujeto de deseo, sino objeto de capital.

Al injertar la imagen dantesca del árbol castigado en el cuerpo del arbolito argentino, Saba construye una metáfora de doble filo. Por un lado, denuncia la violencia estructural de un sistema que convierte el deseo monetario en castigo. Por otro, revela cómo ese castigo se naturaliza, se estetiza, se performa. Ibáñez, convertido en árbol de dinero, no es solo víctima: es espectáculo. Su cuerpo vegetal, brotado de billetes, se vuelve objeto de explotación, contemplación y consumo. Ronnie lo exprime como si fuera una fuente inagotable, hasta que ya no queda nada. La escena no representa una transacción: dramatiza una lógica extractiva que rige no solo los mercados, sino también los vínculos.

El trabajo actoral de Pablo Navarro, Gustavo Sacconi y Pipo Manzioni  —este último también músico en escena y por momentos relator — sostiene la potencia simbólica del montaje. Las actuaciones transitan una deriva que va del realismo al extrañamiento: los personajes comienzan anclados en una lógica reconocible, pero a medida que irrumpe lo fantástico, sus cuerpos se desajustan, sus gestos se intensifican, aparecen las máscaras y la expresividad se vuelve grotesca. Este pasaje no es decorativo: es estructural. Marca el momento en que la economía deja de ser contexto y se convierte en destino. Los cuerpos en escena no solo representan sujetos precarizados: dramatizan la lógica afectiva del capitalismo, donde la empatía se vuelve residual y la supervivencia, estrategia. Y sin embargo, a pesar de la densidad simbólica y el tono sombrío, la obra está atravesada por el humor: un humor ácido, absurdo, que emerge como mecanismo de resistencia y como forma de desvío.

De esta manera, Saba no construye simplemente una dramaturgia que dialoga con la historia económica argentina: la somete a una operación poética y filosófica de alta densidad simbólica. La intertextualidad con la obra de Dante Alighieri no funciona como guiño erudito, sino como eje estructural que transforma al cambista en símbolo, al bosque en sistema de castigo y al dinero en principio metafísico. La obra opera así en dos planos simultáneos: el político y el metafísico. Por un lado, denuncia la precariedad estructural, la estafa permanente, la colonización de las subjetividades por el capital. Por otro, plantea una pregunta radical: ¿qué significa desear dinero? ¿Qué culpa implica la esperanza? ¿Qué forma toma el castigo cuando ya no hay dioses, pero sí mercados?

La frase final —“tristeza não tem fim, felicidade sim”— no clausura la obra: la prolonga como eco residual, síntesis de una poética del castigo. En el universo de Arbolitos, la tristeza es estructural, infinita; la felicidad, episódica e ilusoria, como ese golpe de suerte que nunca llega. El dinero no salva: seca.

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA
Dramaturgia: Mariano Saba
Actúan: Pipo Manzioni, Pablo Navarro, Gustavo Sacconi
Diseño de escenografía: Jose Escobar
Diseño de luces: Ricardo Sica
Diseño sonoro: Pipo Manzioni
Redes Sociales: Catalina De Urquiza
Realización de máscaras: Gustavo Sacconi
Fotografía: Mariano Martínez
Diseño gráfico: María Dumas
Asistencia técnica: Mariela Selicki
Dirección: Mariano Saba
Duración: 70 minutos

TEATRO DEL PUEBLO
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Viernes – 20:00 hs