David: metáforas del poder y la violencia

Por Eva Matarazzo

La Compañyia Hongaresa de Teatre fue fundada en Valencia en 1995 por Paco Zarzoso, Lola López y Lluïsa Cunillé, en un contexto de renovación teatral que buscaba nuevas formas de experimentación estética y reflexión crítica. Desde sus inicios, la compañía se distinguió por una dramaturgia que combina lo fantástico con lo social, explorando las tensiones entre lo íntimo y lo colectivo. Con más de tres décadas de trayectoria y más de cuarenta espectáculos producidos, ha recorrido escenarios de España y Latinoamérica, consolidando un lenguaje propio que la ha convertido en referente del teatro contemporáneo.

Su desembarco en Buenos Aires, en el Teatro San Martín del Complejo Teatral de Buenos Aires, no constituye únicamente una expansión geográfica: es también la afirmación de una identidad transnacional que Zarzoso define como “hispano-argentina”. Este gesto de apertura cultural sitúa a estos artistas en un espacio de diálogo fecundo entre tradiciones teatrales y públicos diversos. Además de David, la compañía presenta en nuestro país otras producciones recientes, como Tejedoras de abismos, escrita por Arnoldo Liberman e interpretada por Lola López, y el estreno mundial de Coro, dirigida por Zarzoso junto al argentino Germán Rodríguez, con elenco local. Estas obras confirman la voluntad de articular un puente cultural entre España y Argentina, expandiendo su estética hacia nuevos públicos. 

En David, Zarzoso propone una dramaturgia que, bajo la apariencia de sencillez inicial, se adentra en los pliegues más oscuros de la condición humana. La relación entre un padre y un hijo se convierte en símbolo de una cadena de abusos que se perpetúa de manera generacional, revelando cómo la violencia y la piedad pueden coexistir en un mismo sujeto. El humor, presente en los primeros compases, funciona como máscara que encubre la crudeza del trasfondo, hasta que paulatinamente la obra se interna en un territorio inquietante y perturbador.

La estética de la obra podría vincularse con la tradición valleinclanesca del esperpento, en tanto se produce una deformación de lo cotidiano que intensifica la vigencia del conflicto. Por que, al igual que en las obras de Valle-Inclán, lo familiar se vuelve extraño, y lo íntimo se convierte en espejo crítico de lo social.

Asimismo, la puesta en escena se caracteriza por la economía de recursos, que intensifica el efecto de extrañamiento. Un tapiz circular que demarca un espacio concéntrico introduce un matiz onírico. El sillón de un cuerpo dónde se encuentra el padre, ubicado en el centro como un trono, y que contrasta con un pequeño banquito, revela la dimensión simbólica del poder doméstico. La mesa  y la urna con las cenizas completan un dispositivo escénico mínimo pero cargado de significados, donde cada objeto se convierte en signo de opresión y memoria. El vestuario y el maquillaje de los protagonistas, mezcla lo cotidiano con elementos atemporales, lo que refuerzan la sensación de extrañeza y ambiguedad, subrayando la tensión entre lo familiar y lo perturbador.

El trabajo actoral de Enric Juezas (el padre) y Ángel Figols (el hijo) sostiene la tensión narrativa con precisión y entrega. Su química en escena, fruto de la experiencia compartida, logra un equilibrio entre energía y densidad expresiva, que potencia el discurso y lo dota de una resonancia estética particular. La gestualidad medida y la oralidad cuidada configuran un estilo interpretativo que privilegia la claridad en la transmisión y la construcción de matices, orientándose hacia una dramaturgia de la palabra integrada con la acción. A lo largo de la representación, los intérpretes transitan con solvencia distintos registros, desde pasajes de hondura dramática hasta instancias de humor, generando un imponente increscendo escénico.

David nunca aparece físicamente en escena, pero su presencia se construye a través del relato de los protagonistas. Esa ausencia lo convierte en una figura liminal, situada entre lo real y lo imaginado, entre la experiencia concreta y la proyección subjetiva. El Padre y el Hijo lo evocan como un joven hallado en situación de calle, en un cajero automático, y trasladado a la habitación del padre. Sin embargo, más allá de la anécdota, David funciona como imagen del deseo: encarna aquello que los personajes buscan —un quiebre, una alteridad, una posibilidad de transformación— y se manifiesta en el plano simbólico más que en el tangible. Su condición fantasmática lo aproxima a lo onírico, pues su irrupción no se materializa en la acción visible, sino en la memoria y en la imaginación compartida, como un sueño que desestabiliza la cotidianeidad.

La analogía con la historia bíblica de David y Goliat se resignifica en este marco. En el relato bíblico, el joven pastor derrota al gigante con una honda y una piedra, simbolizando la victoria de la verdad sobre la fuerza bruta. En la pieza de Zarzoso, esa referencia se convierte en metáfora de una lucha íntima y cotidiana contra las formas de violencia que se perpetúan en el ámbito doméstico y social. El personaje de David, misterioso y disruptivo, aparece como catalizador de un cambio latente: su aparición, aunque narrada y no representada, recuerda la piedra lanzada contra el gigante, un gesto mínimo que, sin embargo, desestabiliza un sistema de opresiones.

Ficha artístico-técnica
Espacio escénico Los Reyes del Mambo
Diseño de iluminación Mingo Albir
Diseño de vestuario Adame
Música y diseño de sonido Raimon Flores Civera, Juan José Párraga de la Virgen
Diseño de video Sergio Serrano
Dirección técnica en Argentina Leandra Rodríguez
Coordinación de producción internacional Daniel Cazacu
Violín Alexandra Carmen Frateanu
Caracterización Inma Fuentes
Asistencia de dirección Marcos Sproston
Producción ejecutiva Blanca Martínez
Prensa: Daniel Franco