Por Joaquín Cardoso 

“El tiempo ordena el espacio vacío” dice Gilles Deleuze en su libro “Crítica y clínica”, dando cuenta de que cuando cae el tiempo del espejo del Otro hay un nuevo nacimiento, un “síntoma creativo”. En el transcurso del diálogo beckettiano de los personajes de la obra Densas Nubes, escrita y dirigida por Ricardo Cardoso con asistencia de dirección de Pablo Agazzi, un espacio fuera-de-tiempo, un vacío desértico postapocalíptico, constituyen el entorno mudo que acompaña los dichos de cada cual.

“Vivir es diferir, aplazar un sentido final, y aunque el acto mismo de posponerlo hace que la vida sea difícil de sobrellevar, puede que también sea lo que lo pone en marcha”.
Terry Eagleton

“Todos los propósitos de ejecución están basados en el error de suponer que las intenciones y los proyectos importan mucho”.
Jorge Luis Borges

Uno, como dice la gacetilla de la puesta, resignado, otro decidido; ambos unidos en un sobrevivir existencial que contribuye a la monotonía y la desesperanza por la evidente ausencia de vida humana alguna, inclusive de fenómenos naturales típicos como la salida de la luna o del sol. Algo ha pasado, una causa que se elide a sí misma de saberse jamás, lo que los obliga a interactuar con el otro, un prójimo que favorece la repulsión y la hospitalidad (alternativamente).

Los despliegues físicos y actorales de Antonio Bax y José Espeche son la apuesta en esta obra minimalista para que la palabra y su circulación sean las protagonistas. Por momentos poco importa si uno (encarnado en Espeche) se deja abatir en una supuesta ignorancia respecto de los momentos que transcurren o que otro (Bax) se muestre más extrovertido en su cháchara[i] y por eso mismo, más ansiógeno en su interés en taponar esa angustia con un derrotero de frases hechas (“vamos que se puede / ¿vamos a dejarnos morir así?” y similares).

Ambos comparten el estado de haber sido arrojados en el sentido heideggeriano del término ‒como al nacer‒ pero aquí no son dichos por otros que hablan antes de que el mundo sea mundo, sino un silencio envolvente, una caída de la garantía que prima en el apoyo un Ideal, de un Relato, de un Dios que vaya a salvarlos.

Ahora hay que hacer de cero. “¡Ya llega!”, grita uno; un supuesto horizonte que antes recubren con imágenes del pasado, pero que no se sabe qué es (¿la muerte? ¿el renacer? ¿la utopía política? ¿una mísera razón para seguir?).

No parece casual que los protagonistas sean dos masculinos de edad madura, ni que utilicen las metáforas de las redes sociales para derrumbarlas en un sinsentido que apela a la reinauguración de lo más humano: el lenguaje. La opacidad de cada quien, su despojo absoluto de señal alguna de tecnología lo llevan a la insistente pregunta por el “sentido”.

Del sinsentido al sentido: “de qué sirve tiktok si no podemos prender un fueguito?”. Decíamos, no es casual que sean dos hombres ¿jubilados? deshechos, que han caído también con el aseguro de ese Nombre-del-Padre lacaniano que coloca en esa caída la pluralización de los goces.

El mercado, organizador de esa cadena interminable de grupos sociales que se autodesignan, inhabilita la singularidad en favor de una asexuada intercambiabilidad de los sujetos. No hay corte en el mandato de gozar.

También resuenan, más prosaicamente, la “espera del Godot” de una nueva ilusión “popular” que no defraude ni siembre la desesperanza; incluso la actualidad de la vivencia en tiempo presente del “fin del mundo”, noticia diaria por el cambio climático y el eco-cidio.

Como se encarga de remarcar Terry Eagleton, el infierno no es la imagen del mal en términos previsibles (fuego fatuo, promiscuidad, sadismo, violencia) sino que es el eterno retorno de lo mismo. En vez del laberinto en Borges, que consta de una línea recta indivisible, que suelta el nudo de la repetición, y a diferencia ‒también‒ de la eternidad (ausencia de tiempo del decir, como el sueño), el Infierno es la monotonía de la inmortalidad. “(…) una monstruosa combinación de males a la vez totalmente insoportables y eternamente soportados” dice Thomas Mann en Doktor Faustus.

En el final de esta obra los protagonistas encuentran en el recuerdo motivos de evocación necesaria. Pero también en la (obligatoria) paciencia de esperar que el otro more en el lenguaje, que encuentre morada en el decir, ambos visualizan algo que los coloca de nuevo en la historia, en el tiempo de la vida.

El lazo final hallado, donde el decir con el otro no es un “otro semejante” de la falsa liberalidad (“somos todos iguales”), sino la asunción del otro en tanto objeto –que me objeta en mi mismidad‒ rompe la monotonía en favor de una esperanza. La esperanza, sigue Eagleton, “introduce la ausencia donde hay presencia, y se modifica una vez cumplida”, por eso no la encontramos donde la esperamos, sino en otra escena.

Bibliografía

Deleuze, Gilles (2006), Crítica y clínica, Anagrama: Madrid.
Eagleton, Terry (2016), Esperanza sin optimismo, Taurus: Buenos Aires
Eagleton, Terry (2003), Dulce violencia. La idea de lo trágico, Trotta: Barcelona
Escardó, Florencio (1943), Eduardo Wilde, Lautaro: Buenos Aires.
Mann, Thomas (1947), Doktor Faustus, Edhasa; Barcelona (ed. 2012)

Nota*: aún en el Teatro Azul de Av. Corrientes 5965 (Buenos Aires)

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