PH: Mailen Alsina

La Changuita: simulacro de lo popular en una Argentina que se asfixia

En La Changuita, Alejandro Lifschitz despliega una incisiva alegoría sobre la cultura popular argentina, tensionando sus signos, sus gestos y sus mitologías hasta el punto de quiebre. La obra se sitúa en un puesto de choripanes en la Costanera Sur, enclave que opera como último bastión de una argentinidad en estado de ruina. Allí, lo popular no se celebra: se escenifica. Y en esa escenificación, se revela su descomposición.

El dispositivo escénico —con los personajes de espaldas al público, atendiendo por la ventana del carrito— instala una lógica de simulacro que desactiva la frontalidad teatral y desplaza al espectador hacia una posición marginal. El diseño escenográfico de Walter Maser, refuerza el sentido y convierte al carrito en frontera, vitrina y trinchera: un umbral donde lo nacional se exhibe, se negocia y se degrada. Lo que se representa no es una cultura viva, sino una cultura en venta: gestos costumbristas, frases hechas, exageraciones pintorescas, todo convertido en mercancía para un frustrado intento por atraer turistas. De esta manera, la obra expone de manera irónica cómo la identidad nacional se convierte en espectáculo de sí misma, en una fantasía de consumo que exige que lo popular se vuelva rentable.

En este paisaje desolado emergen tres figuras: una pareja de mediana edad (Javier Barceló y Graciana De Lamadrid) que intenta sobrevivir montando un precario puesto de choripanes, y el padre de ella (Aníbal Tamburri), un hombre enfermo que arrastra su cuerpo y su historia con la ayuda de un tubo de oxígeno. Su respiración asistida —visible, ruidosa, persistente— se convierte en metáfora de una Argentina asfixiada, sostenida por dispositivos mínimos que apenas logran prolongar su agonía. No hay épica en esta escena, sino una economía de lo residual: vínculos erosionados, cuerpos fatigados, gestos automatizados. La familia no encarna lo popular como núcleo vital, sino como último recurso, como escenografía de una identidad que se vende mientras se desvanece.

La tensión dramática se sostiene en el contraste entre lo que se muestra y lo que se oculta, entre la gestualidad exagerada y la desesperación contenida. Las actuaciones, precisas y profundamente físicas, construyen personajes que rozan la caricatura sin perder densidad humana. Cada gesto, cada pausa, cada mirada fuera de campo revela una economía afectiva marcada por la urgencia y la precariedad. Y en estos gestos y miradas se cifra la potencia política del cuerpo en escena.

La irrupción de un turista yankee (Alejandro Lifschitz) —arquetipo del extranjero que proyecta sobre la Argentina una mirada folclorizante— intensifica la lógica del simulacro. Deseoso de participar en una “cultura popular” que imagina auténtica, pintoresca y disponible, transmite en vivo lo que ocurre en La Changuita como si se tratara de un fenómeno exótico digno de viralización. Streaming, followers, engagement son sus verdaderos objetivos. La escena se convierte en contenido: lo popular, en decorado; la precariedad, en espectáculo; la identidad, en mercancía. El turista no interrumpe la obra: la confirma. Su mirada convierte la simulación en autenticidad y la miseria en oportunidad de consumo.

Lifschitz articula esta crítica a través de un humor ácido y una ironía incómoda. Los personajes rozan la caricatura, pero no para celebrar lo pintoresco, sino para evidenciar su función como estrategia de supervivencia en una Argentina que romantiza su miseria mientras se entrega al mejor postor. La viveza criolla aparece cuando el cinturón aprieta y hay que sobrevivir, pero esa astucia —celebrada tantas veces como rasgo nacional— se revela aquí como forma de prostitución simbólica. Se muestra lo que los otros quieren ver, se exagera el gesto, se da circo, se baila para que caiga la limosna. El puesto de choripanes se convierte en emblema de una nación que se ofrece como espectáculo para sobrevivir.

La figura del extranjero, admirado por la “idiosincrasia del ser popular argentino”, desea pertenecer, pero lo hace desde el puro snobismo. Su mirada exotiza, romantiza, consume. Sus conflictos burgueses —ridículos en contraste con la urgencia de la supervivencia local— revelan la distancia entre mundos. Pero también introducen una tensión fundamental: lo popular se ve obligado a negociar su existencia en términos de rentabilidad. El extranjero trae dinero, promesas, una nueva concepción del mundo. Y los personajes, salvo uno, bailan por el dinero. No se rebelan. Se adaptan. Se venden.

En este paisaje de simulacros, el personaje del padre (el poeta del oeste del conurbano) emerge como figura disonante. Con su tubo de oxígeno, su cuerpo exhausto y su lengua sin filtro, encarna una Argentina que se asfixia, que no puede ni quiere adaptarse al mercado. Es el único que no performa, que no se vende, que no baila. Su resistencia —incómoda, feroz, genuina— introduce una dimensión ética y política que desborda ese paraje perdido en la costanera. En un mundo que exige capitalizar cada gesto, su negativa a participar del simulacro constituye una forma de insubordinación. Su cuerpo enfermo, su palabra indócil, su límite ético, son también cuerpo político.

 

PH: Mailen Alsina

La Changuita no se limita a interrogar la cultura popular: pone en crisis el concepto mismo de argentinidad. ¿Qué es ser argentino cuando lo nacional se convierte en espectáculo? ¿Qué es la patria cuando su representación se reduce a un puesto de choripanes que exagera sus gestos para atraer turistas? La obra plantea estas preguntas sin ofrecer respuestas, pero con una lucidez que incomoda. Lo popular argentino —construido en torno al mito del pueblo, la familia, la calle, el asado, el fútbol— se ve obligado a performarse para sobrevivir. Pero en esa performance, pierde su vitalidad. Se convierte en imagen, en repetición, en espectáculo.

Lo que queda, al final, no es el sabor del choripán, sino el simulacro de haberlo comido. Y el simulacro, como sabemos, no alimenta. Pero en ese vacío, en esa indigencia, en esa incomodidad, se cifra una posibilidad: la de pensar  desde el humor al teatro como espacio de crítica, como lugar donde lo popular puede volver a ser cuerpo, palabra, conflicto. No mercancía.

PH: Mailen Alsina

Ficha artístico técnica

Actúan: Javier Barceló, Graciana De Lamadrid, Alejandro Lifschitz, Aníbal Tamburri
Asesoramiento artístico: Javier Torres Dowdall
Escenografía: Walter Maser
Vestuario: Mara Soraire
Diseño de Luces: Miguel Madrid
Diseño Gráfico: Héctor Francavilla
Fotografía: Mailen Alsina
Prensa y difusión: Daniel Franco
Asistencia de Dirección: Romina Puig
Dramaturgia y Dirección: Alejandro Lifschitz