


Los habitantes: memoria y resistencia
Por Eva Matarazzo
Los habitantes, concebida por Joselo Bella y Pedro Sedlinsky, es una obra teatral pero que nace de un recorrido poco convencional: primero fue guion de cine, luego proyecto de miniserie, hasta quedar guardada durante años en un cajón. Hoy, ese material se reactiva en el escenario y se transforma, demostrando cómo lo pensado para la pantalla puede adquirir una potencia distinta en el ritual vivo del teatro.
La propuesta se presenta como una miniserie dramatizada en escena por un único actor, Joselo Bella, quien asume la narración y la performatividad del relato. Los protagonistas no son los vivos, sino los muertos: víctimas de matanzas colectivas que descubren la capacidad de irrumpir en el mundo de los vivos, ocupar sus cuerpos y forzarlos a actuar. Esta imagen de la posesión funciona como alegoría de la memoria traumática: lo que se intenta sepultar retorna, se infiltra en la carne y obliga a confrontar lo velado.
El primer habitante es Isaac Shemtov, carpintero judío asesinado en un pogromo en Rusia en 1903. Tras su muerte, logra ingresar en el cuerpo de un cosaco para salvar a su esposa Ruth. Años más tarde, Shemtov reaparece en Madrid en 1936, durante la Guerra Civil Española. Allí entra en el bar Los Justos, un espacio republicano dirigido por tres hermanos que celebran los veinte años del lugar junto a artistas, intelectuales y militantes, entre ellos Federico García Lorca, Carmen Luna —referente feminista y republicana— y Antonio Machado. Esa misma noche, los hermanos Justo son asesinados por soldados falangistas. Enterrados en el cementerio, sus cuerpos se liberan y se encuentran con Shemtov, quien les revela la capacidad de “habitar” para proteger a sus seres queridos. Unidos, deciden ingresar en los cuerpos de los vivos para intentar salvar a Lorca, Machado y Carmen Luna.
La dramaturgia enlaza así dos episodios históricos de violencia y persecución, y los cruza con la ficción que imagina alternativas. La tensión entre lo documentado y lo posible convierte al teatro en un espacio de oposición y rebeldía: no puede modificar el pasado, pero sí interpelar el presente desde la evocación crítica de lo irremediable.
El desempeño actoral de Joselo Bella es sobresaliente. Su interpretación no se limita a narrar, sino que transporta al público por la historia, encarnando múltiples voces y atmósferas con precisión y fuerza expresiva. El formato original —un guion de miniserie trasladado al teatro— se sostiene gracias a la intensidad de la actuación, que convierte la narración en experiencia compartida, donde el espectador se ve inmerso con los cinco sentidos en el universo propuesto.
La dirección apuesta por un dispositivo arriesgado: un único actor que encarna múltiples presencias, transformando el guion audiovisual en experiencia escénica. Esta elección no es solo formal, sino también política: el cuerpo del actor se convierte en soporte de la memoria colectiva, recordando que la historia no es abstracta, sino que se inscribe en la materialidad de los cuerpos. La dramaturgia alterna tiempos y espacios con precisión, mientras se enfatiza la tensión entre lo narrado y lo vivido, entre lo histórico y lo imaginado. En esa conjunción, el espectáculo se afirma como un acto de insumisión frente al olvido.
El vestuario y la estética despojada prolongan este discurso simbólico. La austeridad escénica no responde a una economía de recursos, sino a una elección consciente que potencia la imaginación del espectador frente a la crudeza de los hechos evocados. El uso del overol que remite a La Barraca adquiere un valor emblemático: no es solo un signo visual, sino un gesto de filiación con la tradición lorquiana y con el teatro universitario como espacio de democratización cultural. Ese signo material condensa la memoria de un proyecto colectivo que buscaba llevar el teatro a todos los rincones, y en Los habitantes reaparece como recordatorio de que la teatralidad crítica también se expresa en los cuerpos, en los objetos y en la puesta en escena.
En suma, Los habitantes demuestra cómo el teatro puede dialogar con las estructuras narrativas audiovisuales sin perder su esencia ritual. Se consagra como una reflexión imprescindible sobre el duelo, la impunidad y la persistencia de la memoria, reafirmando que el escenario es un lugar donde los muertos siguen hablando y donde el presente se ve obligado a escuchar.
Reconocimiento y trayectoria reciente:
La obra culminó una destacada temporada 2025, reconocida con el Premio Teatro XXI a Mejor Obra de Autor Nacional y el Premio Luisa Vehil a la Mejor Dramaturgia. Joselo Bella fue nominado en ambas distinciones por su labor actoral, tanto en la categoría de Mejor Actuación Unipersonal como de Mejor Actor. Durante el verano en Mar del Plata, el espectáculo se presentó a sala llena en el Teatro Séptimo Fuego y recibió una nominación en los Premios Estrella de Mar como Mejor Unipersonal. Este año, la obra se exhibió en el Teatro Villa Ruiz de Luján y en una función especial organizada por la Embajada de España en Argentina en el CCEBA, en el marco de los 50 años del Golpe Cívico Militar. Finalmente, Los habitantes llega al mítico Teatro Picadero con dos funciones únicas, los sábados 18 de julio y 29 de agosto, donde se podrán ver sus cuatro episodios completos.

Ficha técnico artística
Autoría: Joselo Bella, Pedro Sedlinsky
Actúan: Joselo Bella
Iluminación: Leandro Orellano
Video: Hernán Pulido
Fotografía: Paula Barrionuevo, Hernán Pulido
Diseño gráfico: Julieta Nores
Prensa: Daniel Franco
Dirección: Pedro Sedlinsky
Duración: 95 minutos














