
«Noches blancas»: el sueño melancólico de Dostoyevski cobra vida en una poética adaptación teatral
Por Eva Matarazzo
Publicada en 1848, Noches blancas es una de las primeras obras de Fiódor Dostoyevski y, a la vez, una de las más sensibles y poéticas. Esta novela breve condensa muchos de los temas que marcarían su literatura posterior: la soledad existencial, el amor no correspondido, la fragilidad del alma humana y la tenue línea entre la esperanza y la desilusión. Ambientada en una San Petersburgo crepuscular, casi espectral, la historia sigue a un joven soñador —solitario y melancólico— que, en una de sus caminatas nocturnas, conoce a Nástenka, una mujer igual de perdida en sus propias emociones. A través de cuatro noches y una mañana, ambos entretejen una relación fugaz pero intensa, donde se confunden los límites entre la fantasía y la realidad, entre el deseo y la imposibilidad.
Esta obra ha inspirado numerosas adaptaciones, tanto teatrales como cinematográficas. Entre las más notables se encuentran Le notti bianche (1957), de Luchino Visconti, y Quatre nuits d’un rêveur (1971), de Robert Bresson. Ambas versiones exploran el núcleo dostoievskiano con sensibilidad, pero desde estéticas radicalmente distintas. Visconti, heredero del neorrealismo y del lirismo cinematográfico, dota a su versión de una belleza melancólica que embellece la tristeza; mientras que Bresson, fiel a su estilo despojado y ascético, reduce a los personajes a figuras casi abstractas, atrapadas en una emocionalidad contenida y una incapacidad crónica para conectar con el otro. A su modo, ambas lecturas dialogan con los contextos históricos que las vieron nacer: la Italia de la posguerra, aún en busca de redención, y la Francia pos-Mayo del 68, desencantada y ensimismada.
La más reciente versión teatral, presentada en el Centro Cultural Rojas de la ciudad de Buenos Aires y dirigida por Leo Di Napoli, reimagina el texto original sin traicionarlo. Fiel al espíritu de Dostoyevski, conserva la ambientación decimonónica de San Petersburgo, pero la transforma en un universo escénico cargado de lirismo visual y simbolismo onírico. La narrativa se convierte en una suerte de poema escénico, donde imagen, movimiento y palabra coexisten armónicamente. La escenografía, inspirada en técnicas de animación clásica —como el óleo sobre vidrio del stop motion—, se proyecta sobre una pantalla circular que recuerda a una luna de enduído, suspendida sobre un cielo estrellado. Este recurso convierte el escenario en una maqueta soñada, como sacada de un cuento de Andersen o de un álbum de ilustraciones antiguas. El tiempo escénico se diluye y fluye como las páginas de una historia que el espectador no lee, sino que contempla.
Uno de los aspectos más destacables de esta puesta es la coherencia estética entre escenografía, vestuario y maquillaje. Cada elemento parece estar pensado como parte de una misma paleta emocional: tonos apagados, texturas suaves, siluetas que evocan lo arquetípico más que lo realista. Esta elección no sólo construye una atmósfera nostálgica y envolvente, sino que enfatiza el carácter atemporal de los temas que atraviesan la obra.
Leo Di Napoli aporta una lectura íntima y personal al montaje. “Leí este texto en mi adolescencia —comenta el director—, cuando, como el Soñador, vagaba por las calles sintiéndome desconectado del mundo. Adaptarla fue mi forma de reencontrarme con esos sentimientos de aislamiento y vulnerabilidad emocional, pero narrados con la delicadeza de un cuento para adultos y la ternura de una historia infantil.” Esta sensibilidad se traduce en una puesta donde el dolor no grita, sino que susurra, y donde el romanticismo no se impone, sino que se insinúa, como un perfume tenue que permanece aún cuando la escena ha terminado.
El desempeño actoral de Fidel Araujo y Vanesa Spera, en sus interpretaciones del narrador y Nástenka, merece un reconocimiento especial. Ambos consiguen capturar y transmitir con maestría la atmósfera emocional de la obra, ofreciendo una actuación llena de matices que equilibra con precisión la vulnerabilidad y la intensidad emocional inherente a sus personajes.
La gran pregunta que articula toda la obra —¿puede un instante de auténtica felicidad durar para siempre?— encuentra aquí una poderosa resonancia. Como el encuentro entre el Soñador y Nástenka, esta adaptación teatral es en sí misma un momento fugaz de belleza que deja una marca persistente. Un suspiro que no se extingue, sino que permanece flotando en la memoria del espectador, como una de esas noches blancas en que los sueños, aunque breves, se sienten más reales que la vida misma.

Ficha técnica:
Autoría: Fedor Dostoiesvki. Dirección y producción general: Leo Di Nápoli. Asistencia de dirección: Sofía Lobos. Producción ejecutiva: Andi Vega. Actúan: Fidel Araujo, Vanesa Spera y Claudio Cardozo. Mapping y diseño de luces: Mateo García. Vestuario: Jennifer Sankovic. Asistentes de producción: María Rodriguez y Victoria Oliveira. Escenografía: Victor Salvatore. Maquillaje: Nayeli Vega. Backstage: Jessica Gimenez. Fotografía: Tahira Vega y Leo Di Nápoli. Música original: Carlos Véliz. Duración: 60 min.
Prensa: Paula Simkin














